La pureza del neoexpresionismo

Entre los lienzos de 1989, llenos de fuerza, y los de 1991, hay un cambio remarcable, que no es otro que su viaje a México, donde se desplazó gracias a la exposición que realizó en la galería Lourdes Chumacero, en México DF. En el país americano encontró un color mucho más suave y el exotismo de sus paisajes, y a él regresó en varias ocasiones.

 

A partir de 1996, la obra de Orallo toma otro giro, con toques cada más abstractos y figurativos. En sus nuevas series la luz pasa a ser un elemento tangible, se representa como un trazo más de color sobre sus figuras. También la arquitectura toma su lugar en el cuadro, con espacios neoplasticistas. Estamos ante un pintor entregado al neoexpresionismo.

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